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Nº 475. Sábado, 10 de junio de 2017

El dragón

Un dragón es una criatura mítica monstruosa y de aspecto de reptil. En la mitología del Cercano Oriente, se le representaba como una serpiente asociada al mar y, a veces, como un monstruo con patas y alas e incluso con varias cabezas. En la mitología europea, se le representaba primero como una serpiente y luego como un ser con garras, alas y capacidad de escupir fuego. En la mitología del Lejano Oriente se le representa como una serpiente con patas o una lagartija, pero nunca con alas.

La palabra dragón deriva del griego drakón, «serpiente grande», que a su vez deriva de la raíz protoindoeuropea derk-, que significa «mirar» u «observar». Vea más detalles etimológicos en los apartados relativos a dragón y derk-.

Orígenes

Es probable que los dragones hayan comenzado siendo simples serpientes enormes que con el tiempo fueron transformadas, según las diferentes culturas, en monstruos con características como patas con garras, alas, crestas e incluso la capacidad de escupir fuego. Aparentemente, en sus orígenes los dragones eran serpientes mitológicas asociadas al mar, que simbolizaban el mal y la destrucción. En muchas partes del mundo, el oleaje serpentino de mares y lagos ha servido para inspirar fábulas acerca de monstruos con forma de serpiente que habitan las profundidades o las lejanías del mar. Y tanto las profundidades como las lejanías marinas han despertado siempre temor en el ser humano.

Se cree que el mito de los dragones se forjó en el antiguo Cercano Oriente. Allí las serpientes son grandes y mortales, por lo que no es difícil asociarlas con el mal. Por ejemplo, en la epopeya mesopotámica Enuma Elisha, escrita alrededor del año 2000 a. C., uno de los protagonistas de la leyenda caldea es la diosa Tiamat. Ella era un dragón en forma de serpiente, con cuerpo escamoso, cuatro patas y alas, que personificaba los océanos y comandaba las hordas del caos. Por eso su destrucción era condición previa para crear un universo ordenado. Los egipcios, por su parte, creían que el dios Apohis o Apepi, gran serpiente dragón del mundo de la oscuridad, era expulsado cada mañana por Ra, el dios sol. Y en la Biblia hebrea, el dragón del Libro de la Revelación era una vieja serpiente con muchas cabezas, como la Hidra griega. Representaba la muerte y el mal.

El dragón europeo

Al igual que en el antiguo Cercano Oriente, en la antigua Grecia, un dragón o drakon no era más que una enorme serpiente, como las de las leyendas de los marineros. Eran considerados habitantes del interior de la tierra con vista aguda (vea la etimología de la palabra dragón), capaces de entender y transmitir a los mortales los misterios del mundo. Pero los griegos —y posteriormente los romanos—, aunque aceptaron la idea del Cercano Oriente de la serpiente como un ser maligno, a veces también concebían a los drakontes como seres con poderes benefactores. Así, en la mitología griega se cuenta que el dragón de Ladon ayudaba a las hespérides, un grupo de ninfas, a proteger el jardín donde crecía un árbol que daba manzanas de oro, y que Gea (o Gaya) había dado a Hera como regalo de bodas. Los dragones de la mitología griega siempre permanecieron con forma de serpiente.

Debido a sus cualidades protectoras y a su aspecto aterrorizante, los dragones fueron usados desde un comienzo como emblemas de guerra. Así, en la Ilíada, el rey Agamenón tenía en su escudo una serpiente azul de tres cabezas. Entre los conquistadores celtas de Bretaña era un emblema heráldico, símbolo de la soberanía, y durante la ocupación romana del siglo 1 a.C. se convirtió en un estandarte militar. El papel de guardián que les dieron los griegos reaparece en los romances medievales, donde los dragones custodian, con frecuencia, a doncellas cautivas. El rol protector del dragón también aparece en el folclore de las tribus paganas del norte de Europa. En el Cantar de los Nibelungos, Sigfrido mata a un dragón y se hace invulnerable al untarse su sangre por el cuerpo. Uno de los principales episodios de Beowulf también narra el combate con un dragón.

También aparece en los escudos de las tribus teutonas que más tarde invadieron Bretaña y, hasta el siglo 16, se veía en los estandartes de batalla de los reyes ingleses. Los guerreros escandinavos pintaron dragones en sus escudos y tallaron cabezas de dragones en las proas de sus barcos para inspirar temor y respeto. En Inglaterra antes de la conquista normanda, el dragón era supremo entre las insignias reales de guerra, habiendo sido instituido como tal por Uther Pendragon, padre del rey Arturo. El dragón también forma parte del escudo de armas de muchas casas nobiliarias europeas. En el siglo 20, el dragón fue incorporado de manera oficial en los soportes heráldicos del príncipe de Gales.

A la larga, sin embargo, la reputación maligna de los dragones fue más fuerte, y se impuso en Europa. Los cristianos heredaron la idea hebrea del dragón que aparece en la principal literatura terrorífica de la Biblia, sobre todo en el Apocalipsis, y en otras tradiciones posteriores. Así, el cristianismo fusionó las antiguas deidades serpentinas benévolas y malévolas en una censura o rechazo común. En el arte cristiano, el dragón pasó a simbolizar el pecado y el paganismo y, como tal, era representado postrado bajo el pie de los santos y los mártires, representando el triunfo de los cristianos sobre el pecado y, por lo tanto, sobre el paganismo. La leyenda de san Jorge y el dragón ilustra claramente este significado.

Aunque en la mitología europea antigua se le representaba como una serpiente o lagartija, el dragón ha ido evolucionando poco a poco hasta convertirse en un reptil con garras de águila, alas de murciélago y aliento de fuego. Los dragones occidentales más modernos, los de las películas, incluso se parecen más a dinosaurios alados. Pero aunque un dragón pueda asemejarse a un dinosaurio, la creencia en estas criaturas mitológicas surgió sin que los antiguos tuvieran la más remota idea de la existencia de estos enormes reptiles prehistóricos.

El dragón del Lejano Oriente

En el Lejano Oriente, especialmente China y Japón, el dragón pudo retener su prestigio y es actualmente conocido como una criatura benéfica. En la cosmología china del yin-yang, el dragón representa el yang, la gloria, el poder espiritual supremo, la actividad y la masculinidad. Los dragones representan el poder terrenal y celestial, el conocimiento y la fuerza. Viven en el agua y proporcionan salud y buena suerte y, según la creencia china, traen la lluvia para las cosechas. Desde tiempos antiguos, el dragón de cinco garras fue el emblema de la familia imperial china, y hasta la fundación de la república (1911) adornó la bandera de ese país. El dragón de cuatro garras es el dragón normal.

En la actualidad, el dragón es el símbolo más antiguo y más ubicuo del arte chino. El dragón de los tradicionales desfiles chinos de Año Nuevo repele los malos espíritus que podrían echar a perder el año que se inicia.

El dragón llegó a Japón de la mano con la cultura china. Se le conoce como ryu o tatsu, y se diferencia del chino porque tiene tres garras. Además, la mitología japonesa lo volvió capaz de cambiar de tamaño a voluntad, incluso al punto de volverse invisible. Tanto el dragón chino como el japonés, aunque se consideran fuerzas del aire, carecen generalmente de alas. Los dragones también están entre las fuerzas deificadas de la naturaleza en el taoísmo.

En la India, el dragón también está asociado a las aguas. Efectivamente, en la mitología hindú, Indra, dios del cielo y de la lluvia, mata a Vitra, dragón de las aguas, para liberar a la lluvia.

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